lunes, enero 02, 2012

Detenerte Tanto, Obra Reunida de Josefa Isabel Rojas Molina


Bien podría ser yo algunos poemas de Josefa, y es que me descubrí habitándolos y sintiéndolos propios. Poemas que me invitaron a caminar esa humedad que los viste, a los pasillos, las calles, las soledades y los mares que son.
Al menos en la Enumeración de nuestra Casa, que es una casa oscura, todos somos invitados a pasar a vivir en ella. En esa casa en la que uno (ése, tú, ella, él, aquel, aquella) es el número invitado a esta morada llena de calle y palabra mojada traída desde las afueras de otras casas, de la noche nublada.
Invitado a esta casa a ser un frío fantasma clandestino o un amante al que le urge esperar siglos a que el diamante se retro morfe a carbón para tener un poco de leña en la chimenea para así esperar tibiamente a quien deba desesperarme. Invitado a tirarme a los perros, a la basura o a un rojo incendio en medio de la nieve limpia.
Bien puedo ser la parte oscura de uno de los poemas de Josefa. Con todo gusto, sobre todo ahora que no tengo nada que perder y soy altamente peligroso usando palabras como amor, abandono, abismo, distancia o lontananza.
La poesía de Josefa es todas nuestras ausencias dichas con las palabras de cualquier conversación de tarde entre gentes que se cargan hasta tres corazones. Poesía hecha con el uso y desuso del que arrastra con un poco de apacible impaciencia en el torrente sanguíneo. Poesía vivida por la autora y creada desde cada una de las esquinas que somos; de los que somos charcos dignos de brincarse; de los que se nos ha caído encima el cielo y apenas nos pudimos proteger debajo de un árbol sin hojas que da sombra.
Las calles, las casas y el poema de Josefa son este Cananea que conozco y que se mete a los huesos. Es también el desdentado andar de ese tren y su doloroso silbato que me encaminaron a arrojarme desnudo a las palabras de estos poemas heridos; y es que también soy un hombre de trenes, uno de esos batos que creen que siempre es noviembre desde la ventanilla del tren.
Viví tres inviernos en un año solo de escuchar a lo lejos, en las madrugadas del mineral sordo, a esos trenes de los que habla Josefa. Conocí de cerca, aquí en Cananea, esa entrañable costumbre de desenamorarse arropado por el frío; y a los lejos los silbatos y las vías, más allá la mañana gris.
Escuché desde la casa de Celi, de Chuy, de Nalo, de Enrique, de Doña Martha, ése silbato de tren atropellando al hombre sensato que soy. Ellos vieron mi cara de niño que cree escuchar un milagro.
Llevo rato encontrándome con la poesía de Josefa. Cierta vez en una ciudad grande me encontré a un lector que sangraba los mismos poemas que yo. Conversamos sobre la obra de nuestra autora: su poesía y su narrativa. Brotó un chorro de charla sobre parte de la obra de Josefa, recitamos algunas palabras e imágenes que conocemos de sus poemas. Enseguida quise individualizar la fe y dije que yo conozco de cerquita a Josefa, que sus poemas me han ayudado en gran manera a explicarme y a sentir el amor cuando tiene frío, que he salido también a caminar en el aguanieve siendo un arroyo oscuro; o cómo vaciarlo TODO en una botella, ponerle una etiqueta con un nombre y arrojarla al mar: así, bella, Sandra Corona a lo lejos, amor completo para el mar, pero no para mí. Triste, lo sé… Hoy gracias Josefa por este cimbro de poesía reunida que me recuerda que sé leer ausencias.

viernes, diciembre 09, 2011

Entre el polvo y la pólvora.



La novela histórica, antes de ser un arma de doble filo para el autor al momento de escribirla, es un buen pretexto para usar la ficción como catalizadora de la historia y viceversa.
En lo particular, la narrativa histórica que se hace en México siempre ha llamado mi atención. Me veo descubriendo que lo que más he leído a éste respecto, se ocupa de la revolución mexicana. Mencionaré dos: Mariano Azuela con “Los de abajo”, y la biografía narrativa que hace poco hizo Paco Ignacio Taibo II sobre Pancho Villa, (existe también una novelota de Juan García Ponce que se llama Crónica de la Intervención que, dicen los que saben, también es de corte histórico).
Hay también por ahí algunos cuentos y crónicas sobre la llamada Revolución Mexicana que me han ocupado. Estos son, mayormente, de autores locales publicados a cierto nivel regional.
Es una fortuna que en México aun no tengamos buscar nuestro pasado inmediato con palas, picos y una parvada de arqueólogos desenterrando la historia.
Lo anterior También aplica a otras expresiones como la música, la danza folclórica, entre otros.

La novela que hoy nos ocupa parte, a decir del autor, de la, de una costumbre viva y placentera que emociona casi cualquier gente: la tradición oral. Ese conversar que te ubica con datos y anécdotas en situaciones y fechas que siguen vivas en la memoria de algunos viejos que para nuestra fortuna carecen de valor para olvidar.



La revuelta más importante del siglo pasado en el país fue la llevada y traída revolución mexicana. Cuando niños, en la primaria nos dijeron mañosamente de lo que se trató. Nos hablaron de respeto a esos héroes. Afortunadamente, ya de grandes pudimos pensar de otra manera. Je. Como el autor, descubrimos que tenemos algunos héroes de esa revuelta, más cerca de lo que creíamos: tatarabuelos o si eres algo veterano a lo mejor tus abuelos participaron.

Entre el polvo y la pólvora de Gabriel Velázquez Toledo es una novela que trata del paso de la revolución mexicana por el Estado de Chiapas. Específicamente desarrolla sus acciones en el Valle de Cintalapa y los alrededores.
Gabriel, al principio de la novela hace una descripción detallada de las haciendas que existían en esos años.
Explica minuciosamente el funcionamiento de las mismas; los quehaceres y perfiles de los que ahí laboraban y su relación con los patrones o hacendados. Aquí debo detenerme y hacer hincapié que en esta parte de la novela, el autor relata muy sabrosamente un fiestón tradicional que se lleva a cabo en una de la haciendas mencionadas. Les recomiendo mucho detenerse a disfrutar en la manera sublime en que el Gabo hace beber aguardiente a los personajes…caray, se hace agua la boca cuando esos hombres duros le pegan un trago a la botella de agua de fuego para llenarse de valor para a montar un fiero toro en ese jaripeo-fiesta de la hacienda.
Cuando se detiene a narrar los olores de esas fiestas de pueblo: la juncia regada en el suelo, los inciensos en el aire, y por supuesto la comida.
Se nota enseguida que esta primera parte de la narración, se la platicaron de primera mano, sabrosamente; con ese interés encontrado de las dos partes: del que cuenta la anécdota y del que la escucha. Alegoría del proceso de la comunicación donde emisor y receptor se convierten en un cúmulo de complicidades y los dos saben que quieren compartir a los demás (nosotros) esa historia que quiere trascender a otros niveles. Ese puente agradecible entre el que platica y el que escucha, luego del que la escribe con el que lee…

Comparto con el Gabo la dichosa manía de escuchar, casi a todos: a los viejos, a los niños, a los compas de cualquier edad. A los viejos los escucho para ser un mejor niño, a los niños para ser un mejor adulto y a los compas para aprender que nuestro tiempo es ahorita; y para comprobar que mirar al pasado para hacernos un mejor presente no es cuestión de slogans oficiales ni promesa de campaña política. No.
Debo decir que admiro (aun siendo yo un bibliotecario decadente y venido a menos) al Gabo por su labor de investigación para escribir Entre el polvo y la pólvora. Su disciplina para realizar investigación documental, de campo y todo eso…


"Entre el Polvo y la pólvora" yo lo dividí en dos partes

, como ya dije anteriormente. La primera es una descripción de una fiesta de hacienda donde suceden desde peleas y desacuerdos propios de la alcoholización hasta suertes en la monta de toros bravos.
La segunda es ya la aventura y la acción: persecuciones a caballo, batallas a balazo limpio. Entre estos sucesos Gabriel entra de lleno a dar brochazos históricos y explicativos sobre la particular manera en que la revolución mexicana se llevó a cabo en Chiapas.

Aparecen los hombres rudos, se debaten las rivalidades, se suelta la balacera, el correrío de gente, la confusión, el relincho del caballo…y no falta el que dice “para qué tanto balazo si con un chingazo tengo” (ah no, esto lo dijo el Piporro) je.

En esta segunda parte, la novela de repente da un giro y es un western, una película de esas del viejo oeste. Se va con ese ritmo de las novelas vaqueras, de aquellas a las que mi tío Camilo les llama “de letritas”. De esas que hacen las delicias de absurdos como el de quitarse la sed con un vaso de whisky el de “traer el polvo de todo un estado en los pantalones y chaparreras”!
Muchos nos iniciamos leyendo estas novelitas vaqueras. Esos libritos son lo que leen los que no leen. Seguro que Gabriel los leyó alguna vez. Tiene algo de ese ritmo.
Esto no le demerita, la novela tiene ese ritmo y créanme, no desmerece su narrativa en lo más mínimo, por el contrario la vuelve una novela en busca de lectores, de toda clase de lectores. No solo de lectores especializados en el tema que aborda la trama o de esos especializados en historia.



Por otro lado el autor de seguro sabe quién fue Martín Fierro o Joaquín Murrieta. Y si conoce a estos dos personajes, seguro ha leído a Borges y a los múltiples biógrafos del matagringos más admirable que ha tenido nuestro país. Y es que algunos de sus personajes tienen ese arrojo y valentía que caracterizó a Fierro y a Murrieta. No es un comparativo gratis


El paso de la llamada revolución en Chiapas ya tienen en “Entre el polvo y la pólvora” una manera menos académica de contarse. Gabriel no se compromete a explicar de manera muy profunda el suceso. A lo mejor no hace falta (y aquí es donde entra el lector especializado) porque si su finalidad hubiera sido profundizar superlativa y académicamente, seguro nos hubiera hecho un ensayo histórico de esos con lenguaje complicado y pies de página incomprensibles. Pero no. Por el contrario, nos hizo una novela donde aparte de contarnos una aventura llena de acciones, nos acerca y nos narra un suceso relevante e histórico que no nos es ajeno a los que habitamos mexiquitonoterajes. Y conociendo al autor, no creo que se agüitase si su libro se intercambiara de un lector a otro por uno de “Marcial Lafuente” je.
Ahí está Entre el polvo y la pólvora, acepta su invitación a leerla, y repito: Es una novela en busca de lectores…



Omar Navo
San Cristóbal de las Casas
Primavera 2011

martes, junio 07, 2011

Entrevista con Julio Ernesto Tánori

Al poeta se le ofrece un homenaje dentro de la edición XVI del encuentro hispanoamericano de escritores Horas de Junio. La entrevista se hace necesaria. Y el poeta deja ver en preguntas básicas algunos aspectos de su vida y un acercamiento breve a su obra, en palabra propia.


¿Cómo te inicias en la poesía?
Creo que como inicia casi todo mundo: como lector. También diría que por la música. Llegó un momento en mi vida que me empieza a llamar mucho la atención, y pues como sabes en el rock de los sesentas Bob Dylan es la gran imagen; y la verdad como no le entendía a Dylan, leía sus letras en Notitas Musicales y me ponía a traducirlas. Entonces a partir de esas traducciones muy literales y silvestres, dije “ah cabrón, aquí hay algo”. A partir de eso comencé a experimentar escribiendo cosas muy solemnes, como se pueden escribir a los 14 años, cuando estás descubriendo el mundo, cuando no tienes ni sentido del humor. Después empiezo a ocuparme más de una lectura formal de la poesía. En el 66 aparece la gran antología “Poesía en Movimiento”. Leía a Julio Torri, Juan José Arreola y al que me acerqué más fue a Sabines. Después paso a los españoles, los de la generación del veintisiete. Los argentinos. A los que no me acerqué fue a la poesía norteamericana, porque soy lector de poesía en español. Así fue que con esas lecturas y la música creo que encontré más o menos una voz.
¿Sabes? También leí a José Agustín en mi adolescencia, leí su primera novela “La Tumba” y “De Perfil”. Definitivamente me marcaron de alguna manera porque yo tenía la edad de los personajes de esas novelas.

Tu primer poemario “La otredad del amor”…
Es poesía muy juvenil, por eso creo que es algo solemne. En esa edad le tenía demasiado respeto a la escritura. A mis 20 años ya estaba escrito este libro pero lo publiqué hasta que tenía 30. Hay poemas de este libro que me gustan aun. Y pues me decido a avanzar, luego sale La bestia amarga; que como sabes ha trascendido más el nombre aplicándomelo a mí. Todo mundo diciéndome la bestia para allá, la bestia para acá. A veces no sé si me lo dicen como homenaje o peyorativamente.
En este libro creo que ya doy con la voz que estaba buscando. Ya veo una escritura de madurez. No creo en las cosas eternas pero aun siento que hay cosas frescas en La bestia amarga. Y después viene El animal difícil para completar el libro que actualmente hay en ediciones Mora Cantúa. La idea es aumentar otro título a la colección, para que se note la evolución que se ha dado en la escritura.
Ahorita diría que estoy en ese receso dinámico que a todo escritor le da. No me sale nada porque creo que me estoy exigiendo más allá de mi capacidad de creación literaria.

Tu poesía no es de largo aliento, va en corto, concisa…
He buscado siempre la síntesis. Borrar el “yo” del poeta, para que sea la voz poética sola, sin pronombres. Busco la esencia del ejercicio de la inteligencia de la poesía que conceptualizaba Gorostiza; no quiero humanizar la poesía en el sentido de personificarla.

Si dejaras de escribir ¿por qué sería?
Por una buena borrachera…

¿Hay un tema recurrente o imágenes en tu poesía?
Probablemente sí, no me detengo mucho a analizar eso. Yo soy de los que sostienen que todo ya está escrito. Que en la poesía todo es tautológico. No hay nada nuevo. Son las mismas cosas dichas tal vez de diferente manera, por voces diferentes. Aunque te diré que creo usar mucho los tonos grises y negros; los insomnios… aunque vieras que sueño muy bien.
Escribo para borrarme
En unas horas de junio, terminando mi participación en la lectura, estaba Juan Bañuelos y me oye decir esto y cuando bajo me dice “a mí me hubiera gustado escribir eso”. - “Pues lo siento, te gané”- le dije. Es un versito que me salió de chingazo. La estuve puliendo hasta que me quedó así. Y tiene que ver con lo que te dije anteriormente: la renunciación del poeta al su yo.
Hay otra frase por ahí: “dios es un pobre diablo”, esto sí lo dije de cabrón, de maldito. Este versito lo retoma Rius en su libro “Ateos, herejes y malpensados”, y pone el crédito. Cómo le llegó la frase, quién sabe. Algunos lo han usado como epígrafe en algunos poemarios.
Creo en los poemas que tienen efecto, ya sea que te cimbren, que te hagan soltar la carcajada o que te suelten el llanto.
Y bien, tu trabajo es ser mediador en los tribunales: si tuvieras que mediar entre dios y el diablo ¿te pondrías del lado de alguno de ellos?
En esto de mediar debes ser neutral, pero creo que le haría guiños al diablo…
Por eso me gusta Borges por sus acertadas definiciones del cielo y el infierno, el bien y el mal. En uno de sus grandes versos dice “no creo en el cielo ni en el infierno, pero no predigo nada”

¿Por qué acercarse a la poesía?
Porque es una necesidad del ser humano el acercarse a la esencia de las palabras. Entonces el poeta busca eso que lo acerque con el lector, esa palabra que uno escriba y los defina a los dos. Y en este encuentro creo que nace un satisfactor a la necesidad del ser humano de descubrirse: leemos para descubrirnos.

domingo, mayo 22, 2011

Paraiso Perdido



Paraiso Perdido

Suelo pensar en los compas que viajan en los techos de los trenes,
a cielos inciertos, a infiernos seguros.
El sol les sale por en medio y la luna solo existe si la miran.
Ahí acostados en el toldo, a veces esa chica morena con cabellos como noche es más bonita porque está ya lejos:
irá a la playa con otro, sonreirá enamorada y la cerveza que tome
será la mejor del mundo.
Se han dibujado tantos nombres en el aire de esas rutas de tren.

Algunos vagones son poemas moviéndose
hacia el hocico de un perro que muerde sin avisar
muerde corazones
muerde a la vida
muerde a las madres
y a veces se come a todo lo que odias.

Desde esos cerros grises que parten el desierto
los hombres arriba de los trenes parecen
las alas de una inclemente serpiente de acero
o los gusanos en el cadáver de un relámpago.
El tren como la espiral recta de un caracol agonizante.

En esos trenes vi llorar a hombres duros
los vi ponerse tristes porque se hacía de noche
se odiaron en tercera persona.
La línea lejana del mundo estallaba en rojo fuego
mientras ellos, al dormir, también ardían.

Esos vagones desafinados hacían música
para la sangre templada de esos hombres,
solo los sahuaros aplaudían esas notas oxidadas.
Avanzaban por un espejo de arena que respiraba nubes,
los rostros gachos y tostados oraban solo por ellos,
porque ellos son madres, hijos y todo el mundo.
Un ojo amarillo, allá arriba, gritaba con voz de lumbre.


Los hombres ahí arriba son el verdadero destino del tren
son una ruta miserable de algún país distante
son el desamor certero de esa derrota que nadie reclama
son grietas secas de esa tierra que muere de hambre.

Vienen desde un reclamo silencioso y sin nombre.
Aprendieron de ciertas aves negras que la vida está en otra parte
y saltaron a las vías, a la noche, al recuerdo, a la mala de dios.

Habrán dejado atrás el aguardiente solitario de sus aldeas
ese mirar el horizonte en mares agonizantes,
el cuchillo afilado presto a sosegar furias ajenas.

Atrás también a esa joven de piernas infinitas
al sopor sórdido de esa cantina lúgubre del pueblo;
la madre y su dios que no escucha porque está muy lejos,
y tal vez, por eso también, esos hombres también se van,
porque son dioses…
Suelo pensar en los compas que viajan en los techos de los trenes,
a cielos inciertos, a infiernos seguros.


(foto:Flakko: http://ecodelblues.blogspot.com)

jueves, abril 07, 2011

Maldita Justicia Poética: Mamachula de Omar Navo




Gabriel Velázquez Toledo

Situar a un escritor dentro de una corriente estética que lo defina como partidario de un conjunto de ideas raras, requiere de mucha experiencia académica, o bien de conocer al autor. Afortunadamente yo lo conozco. La poesía del Navo tendría que colocarse en el punto medio entre lo cursi-emo y lo anarquico-ranchero. Lo primero por su romanticismo de ensueño que hace sentir una nostalgia ácida y lo segundo por la voz profunda de la conciencia, la identidad sin fronteras.
Desde que le entramos al plaquette percibe uno las ganas de provocar “Soy un columpio sin límite de velocidad para el adulto que llevas dentro”(3). Huidobro inicia Altazor con un viaje en paracaídas que le representa el futuro contacto que una realidad que pierde sentido. El Navo pierde el sentido antes de que la realidad llegue, lo pierde con la inocencia placentera del juego, en una complicidad de peligro “seguro”, con el seguro defecto de la humanidad, pues el poeta cabe en la descripción de Jack O´connell en su libro El palacio del Porno de uno de sus protagonistas “Era uno de esos hombres que tenían la mala suerte de juntarse con imbéciles, justo en el momento en que están realizando algo estúpido”.
Pero en sus momentos de soledad tiene el atino de escribir. La trasposición de la infancia a los niveles de perversidad adulta, enciende una llama morbosa que hace rebuscar en los detalles, en donde se encuentra una melosidad “ándale quiéreme ¿sí? Debería de estarte diciéndote ya mismo”(5), que lo vuelve demasiado humano.
Pero si buscamos saber las razones de ¿Porqué debó de leer Mamachula del Navo? Les daré unas pistas que observé:
1).- La sensibilidad a la súper-realidad que se encuentra a cada rato y en cada lugar en que se para el autor, genera una empatía a reflexiones que explican lo que nunca se dice y sólo se descubre en un momento de intimidad: “te moriste porque quisiste, te secaste como una flor (las flores siempre saben cuando secarse)”. La magia de la sabiduría popular en manos de un cultivador de letras visceralmente despreocupadas.
2).- Por la voz que permite un nivel de intimidad. Podemos decir que es un hechizo de identidad, lanzado justo en el momento en que la viva voz del autor, libre, natural, espontanea, con acento norteño chistoso, casi casi como oír a un piporro poeta, les da vida.
El poema Me junto con un chingo de locos “que traen un arcoiris/ bien apretado en el puño/ pa cuando vengan malos tiempos/ Que escriben libros/ para que lo lean los ciegos/ en un mundo de tuertos/ Que hablan mucho de mujeres/ y ninguno tiene novia/ Que creen que la noche termina/ a las 10 am. del otro día” Es una muestra de la cadencia que provoca la poesía del Navo, que sustrae a la sencillez, a la sonrisa por la identidad que provoca hacia las reflexiones aparentemente ingenuas: “Que consideran a las cantinas templos de la sabiduría (jedi)” esconden un encanto por la vida, libre de prejuicios “Que piensan que soy un pinche cursi…” y le vale madres.
3).- Una vez que logre capturar su emoción lanzará una especie de reto a quien corresponda “Te propongo buscarnos en este libro, en el que estamos y somos como dos páginas distantes que nunca serán rotas para ser leídas juntas”.
Con este evento literario que presenta la Cofradía del hiato, como parte de la Expresión literaria del grupo Casa Tomada, se presenta públicamente una literatura que pretende desnudar a las letras de su sentido solemne, para acercarlo a las personas, volverlo un rumor, una idea, como Mamachula de Omar Gámez Navo.


Comentarios: elliroforo@gmail.com
http://elliroforo.blogspot.com

viernes, septiembre 03, 2010

León Chávez Teixieiro y su disco homenaje "La Chava de la Martín Carrera"




A Tilo Gámez,
que también es un viejo correoso


Así de pasada los diarios del medio día resultan futuristas. La ropa tendida y los aullidos del perro son tan noticiosos como el periodista que habla y se queja del sistema de transporte colectivo cuando ni siquiera lo usa. La broza tiene voz propia, sabe de calle y se queja cuando hay tiempo y falta un poco el hambre. Y cuando no, voces como la del viejo correoso son necesarias para hablar de esas voces e historias propias del salario mínimo o de la traición de clase.

Hace falta, y mucho, esa voz en música que haga eco y cante sobre los días que se parecen unos a otros, de los hombres y mujeres que son iguales y se atraviesan lentamente entre la indiferencia del que está acumulando dinero.
La canción-crónica del que sabe desde donde las cosas se pusieron mal, pone un poco de lado el panfleto y se tiende a recuperar esa voz robada a toda una clase. Esa voz para decir: me está chingando el patrón pero no sé qué hacer; es mucha la angustia de ver el campo jodido; los chamacos están pintos de jiotes y hambre…esa voz sin fama y sin gloria a pesar de su heroísmo por vivir con muy poco.

León Chávez canta de lo y los de abajo casi sin condolerse ante los sucesos orgánicos e inherentes de esa desgraciada clase; sin embargo, su canción se compromete y se solidariza a muchos niveles con la lucha casi infinita contra los poderosos. La clase baja y su forma de vida ya de por sí está de la chingada, y entonces por eso resulta tautológico joderla hasta con la música, cosa que pasa muy descaradamente entre los pasitos duranguenses y la llamada grupera. El nivel de éste fenómeno es tan abrumante que casi acaba con cualquier gana de luchar. La música en la radio comercial sabemos a que son baila.


Teixeiro va por el sentido contrario de lo anterior: cero coqueteo con los medios grandotes y poderosos de la comunicación. Ni por broma lo programarían en la radio o saldría en la tele. No. Su rola va por otro lado, va por tocarse en la huelga, en el movimiento organizado del barrio, en las protestas en Oaxaca, Chiapas, Atenco, Guerrero o en cualquier lugar donde sus rolas sean necesarias.
De su página de Internet retomo una declaración de León:
“La solidaridad me ha mantenido un chingo de años. El hecho de estar fuera del mercado y de la publicidad en realidad me vale madres. Si en Oaxaca hay un desmadre, vamos; si nos invitan a tal barrio, también. Sobrevivimos vendiendo discos u otras cosas. Sí, nos consideran revoltosos o jipis, ¡pero me vale madres!
Ahora, debo decir que hay artistas que están dentro del mundo del gran mercado y siguen siendo unos grandes artistas, porque a fin de cuentas lo que te hace artista no es levantar el puño”.

En el principio del 2010, las rolas de León Chávez Teixeiro convocaron a más de una veintena de músicos a rendirle un homenaje en una producción ambiciosa y de seguro nada fácil de realizar para su productor, director y coordinador Josué Vergara. La idea se empezó a proyectar desde el 2004, cuando en el Museo de la Ciudad de México se expuso la obra plástica de Teixeiro, que dicho sea de paso es también pintor. Su obra plástica no dista de sus rolas en lo que a contenidos se refiere: ahí está el desencanto de la desigualdad social. Lo cotidiano dicho sensiblemente pero con una dosis de rabia y denuncia.

Es un disco doble que se tituló “La chava de la Martín Carrera”. Son rolas que hiciera Teixeiro, y una que otra que hizo a dos manos con el hoy finado guitarrista Álvaro Guzmán.
La cita para cantar y tocar las rolas se hizo por demás diversa. La música y las voces logran el goce y el disfrute del lugar común de lo llamado “ecléctico”. Ahí están las rolas que le han valido reconocimiento al León: “El viernes”, al estilo de Botellita de Jerez; “De nuevo otra vez”, ejecutada por el tapatío Gerardo Enciso; “Carmen Carrera”, con Emilia Almazán (a quien no escuchábamos cantar desde hace mucho tiempo, tal vez desde el seminal disco “sesiones con Emilia”); 15mts.3’ 8/8 16, con la bluesera Nina Galindo; “la mujer (se va la vida compañera)” versión muy floja interpretada por Óscar Chávez; “El Gato” por el aguardentoso Rafael Catana; “Cipriano Hernández Martínez” por Roberto González y su hija; “Los zapatistas” en la voz de “El Mastuerzo”; “La vieja gorda y callada” por Guillermo Briceño y su piano; “Andrea Fernández” por la punk septuagenaria Ángela Martínez… Estas rolas cantadas por los de “la vieja guardia”. Por los que siguen en generación participan: María Emilia Martínez. Mauricio Díaz “el Hueso”, Juan Pablo Villa, Fernando Medina “ictus”, Alejandro Chávez, David Aguilar. En las bandas que participan son: Los pacientes del psiquiátrico, La lengua, Ampersan, Los Nakos, Los prófugos del manicomio, Barricada sur, Cuarteto arrabal, La yaga.


Más de la mitad de estos artistas tocaron en la presentación del disco en el Multiforo Tlalpan ese 30 de enero del año que corre. Prendidez total en ese auditorio abarrotado. Las canciones de León Chávez Teixeiro sonaron en muchas voces, acompañados de muchos instrumentos. Todas convencidas de la necesidad de hacer brillar esos signos sociales que son alientos para la lucha desigual que enfrentan los de abajo.
Resulta un poco macabro que las rolas rebeldes y de protesta que León habrá hecho en los años 60’s o 70’s sigan vigentes en el México de hoy.


Si estás interesado en el cd, puedes pedirlo al correo: joshuepe@hotmail.com
La página de León Chávez Teixeiro es: http://teixeiro.net76.net

miércoles, agosto 25, 2010

Pobremario del Poncho Yerbas





Conozco al Molina desde hace casi 10 años. Han pasado muchas cosas desde entonces:

1.-Ha cambiado varias veces de nombre: Hoy creo que se llama Poncho Hierbas. Antes se llamaba Vaitor o Vic… Ha parido, enlarvado y sido parte una infinidad de proyectos colectivos que también han tenido nomenclaturas diferentes: el tendedero, la carnicería, la tortillería… Que conste que no me estoy burlando. Confieso que yo he sido partícipe de sus movimientos, siempre fui parte de los colectivos donde a veces el y yo éramos los únicos miembros. Esto es dialéctica, carnal, no te me agüites.

2.-Ha publicado un par de poemarios, de primera mano, es decir, el los hace con su propia mano: el los edita, los imprime y el los distribuye. Tiene hasta un disco experimental donde hace huaracha electrónica y jingles para promover el consumo de tamales.
Ha colaborado en algunos medios y en algunas antologías. Y cuando no lo han querido publicar o antologar, le da por hacer él mismo su propia revista o su propia antología. Al cabo que hay rabia y ganas suficientes de hacer todo esto. Carnal, estos méritos son bien cabrones. En vez de estarnos lamentando de que no te quieren publicar tal o cuál editorial o tal institución, mejor hay que chingarle y autopublicarse, se puede. El que quiera saber cómo, que le pregunte al Molina, verán.
Hay muchos que teorizan sobre esto. Seguro tú les podrías decir de qué lado masca la iguana.

3.-Sin temor a equivocarme, digo que el Molina es el primer y tal vez único chorero que hay en Chiapas. Sus choremas se cocinan aparte de la mayoría de lo que se escribe por acá. Ojalá y esto sea parte de los primeros pasos para que la poesía que se hace acá sea menos etnocentrista y empalagosa. Sé que sí. Sé de otros cabrones que también han abonado a esto de hacer otra poesía y otra narrativa. Algunos de esos locos seguro están por aquí empinándose una lata de de cerveza o se están metiendo varitas de incienso por el ano. Como sea. Dice el Gabi Toledo que dice Henry Miller que hay una “literatura del yo”, seguro que la del Molina entra en éste rubro.

4.-El Molina ha mamado de una savia muy consistente y valiosa. Se pasea por las letras y los temas de sus artistas favoritos, que por cierto, no solo son sus favoritos sino que también son sus amigos. Se ve en sus choremas ese enamoramiento divertido del que habla el Mastuerzo en sus rolitas de amor urbano. Veo las metáforas tibias y rasposas de Rafael Catana. Un poco la rabia social de León Chávez Teixeiro. La tesitura y el estilo vocal del Rodrigo Solís. De esto está hecha su poesía. Poesía de calle, de amor sinvergüenza, pendenciero y romántico. Hay también en sus choremas cierto cinismo y grafología al mismísimo estilo del héroe infrarrealista Mario Santiago Papasquiaro. El Molina no quiere descubrir el hilo negro de la poesía ni el amor con textos atiborrados de “te quiero” y “te extraño”. No. A mi se me hace que cuando dice esto es porque anda sobre los huesitos de alguna musa. El viejo indecente de Bukowski dice que la poesía sirve también para eso: para cogerse mujeres.

5.-Este poemario en sí, es también un objeto poco habitual. Hablo de su diseño. Es de cartonera pero es tan diferente. Le decía a unos compas en la cantina hace unos días: “si me preguntan alguna vez cuál es el libro más extraño que tengo, seguro será el del Víctor Molina. Y lo sacaré para enseñarlo, el libro”. Hay mucho detrás de estos libros de cartón. Al poseedor de uno se le hace muy difícil deshacerse de ellos ya que cada ejemplar es único en su diseño. Y para el autor, créanme, es una chinga hacer cada uno de estos libros. Yo soy tan huevón que si tuviera que publicar mis libros así, neta que no escribiría nada.
Es así como “Imposible, Recuento de (d) años” de Poncho Hierbas, alias Víctor Molina es un poemario bien macizo y curioso. Hay de todo: choritos de amor para llevarse a tu chava a la cama; choros rebeldes que son como resorteras para tirar piedras al sol. Y si eres enemigo del Molina, igual puedes comprar el libro para prender el boiler o la estufa.