lunes, enero 02, 2012
Detenerte Tanto, Obra Reunida de Josefa Isabel Rojas Molina
Bien podría ser yo algunos poemas de Josefa, y es que me descubrí habitándolos y sintiéndolos propios. Poemas que me invitaron a caminar esa humedad que los viste, a los pasillos, las calles, las soledades y los mares que son.
Al menos en la Enumeración de nuestra Casa, que es una casa oscura, todos somos invitados a pasar a vivir en ella. En esa casa en la que uno (ése, tú, ella, él, aquel, aquella) es el número invitado a esta morada llena de calle y palabra mojada traída desde las afueras de otras casas, de la noche nublada.
Invitado a esta casa a ser un frío fantasma clandestino o un amante al que le urge esperar siglos a que el diamante se retro morfe a carbón para tener un poco de leña en la chimenea para así esperar tibiamente a quien deba desesperarme. Invitado a tirarme a los perros, a la basura o a un rojo incendio en medio de la nieve limpia.
Bien puedo ser la parte oscura de uno de los poemas de Josefa. Con todo gusto, sobre todo ahora que no tengo nada que perder y soy altamente peligroso usando palabras como amor, abandono, abismo, distancia o lontananza.
La poesía de Josefa es todas nuestras ausencias dichas con las palabras de cualquier conversación de tarde entre gentes que se cargan hasta tres corazones. Poesía hecha con el uso y desuso del que arrastra con un poco de apacible impaciencia en el torrente sanguíneo. Poesía vivida por la autora y creada desde cada una de las esquinas que somos; de los que somos charcos dignos de brincarse; de los que se nos ha caído encima el cielo y apenas nos pudimos proteger debajo de un árbol sin hojas que da sombra.
Las calles, las casas y el poema de Josefa son este Cananea que conozco y que se mete a los huesos. Es también el desdentado andar de ese tren y su doloroso silbato que me encaminaron a arrojarme desnudo a las palabras de estos poemas heridos; y es que también soy un hombre de trenes, uno de esos batos que creen que siempre es noviembre desde la ventanilla del tren.
Viví tres inviernos en un año solo de escuchar a lo lejos, en las madrugadas del mineral sordo, a esos trenes de los que habla Josefa. Conocí de cerca, aquí en Cananea, esa entrañable costumbre de desenamorarse arropado por el frío; y a los lejos los silbatos y las vías, más allá la mañana gris.
Escuché desde la casa de Celi, de Chuy, de Nalo, de Enrique, de Doña Martha, ése silbato de tren atropellando al hombre sensato que soy. Ellos vieron mi cara de niño que cree escuchar un milagro.
Llevo rato encontrándome con la poesía de Josefa. Cierta vez en una ciudad grande me encontré a un lector que sangraba los mismos poemas que yo. Conversamos sobre la obra de nuestra autora: su poesía y su narrativa. Brotó un chorro de charla sobre parte de la obra de Josefa, recitamos algunas palabras e imágenes que conocemos de sus poemas. Enseguida quise individualizar la fe y dije que yo conozco de cerquita a Josefa, que sus poemas me han ayudado en gran manera a explicarme y a sentir el amor cuando tiene frío, que he salido también a caminar en el aguanieve siendo un arroyo oscuro; o cómo vaciarlo TODO en una botella, ponerle una etiqueta con un nombre y arrojarla al mar: así, bella, Sandra Corona a lo lejos, amor completo para el mar, pero no para mí. Triste, lo sé… Hoy gracias Josefa por este cimbro de poesía reunida que me recuerda que sé leer ausencias.
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