
Paraiso Perdido
Suelo pensar en los compas que viajan en los techos de los trenes,
a cielos inciertos, a infiernos seguros.
El sol les sale por en medio y la luna solo existe si la miran.
Ahí acostados en el toldo, a veces esa chica morena con cabellos como noche es más bonita porque está ya lejos:
irá a la playa con otro, sonreirá enamorada y la cerveza que tome
será la mejor del mundo.
Se han dibujado tantos nombres en el aire de esas rutas de tren.
Algunos vagones son poemas moviéndose
hacia el hocico de un perro que muerde sin avisar
muerde corazones
muerde a la vida
muerde a las madres
y a veces se come a todo lo que odias.
Desde esos cerros grises que parten el desierto
los hombres arriba de los trenes parecen
las alas de una inclemente serpiente de acero
o los gusanos en el cadáver de un relámpago.
El tren como la espiral recta de un caracol agonizante.
En esos trenes vi llorar a hombres duros
los vi ponerse tristes porque se hacía de noche
se odiaron en tercera persona.
La línea lejana del mundo estallaba en rojo fuego
mientras ellos, al dormir, también ardían.
Esos vagones desafinados hacían música
para la sangre templada de esos hombres,
solo los sahuaros aplaudían esas notas oxidadas.
Avanzaban por un espejo de arena que respiraba nubes,
los rostros gachos y tostados oraban solo por ellos,
porque ellos son madres, hijos y todo el mundo.
Un ojo amarillo, allá arriba, gritaba con voz de lumbre.
Los hombres ahí arriba son el verdadero destino del tren
son una ruta miserable de algún país distante
son el desamor certero de esa derrota que nadie reclama
son grietas secas de esa tierra que muere de hambre.
Vienen desde un reclamo silencioso y sin nombre.
Aprendieron de ciertas aves negras que la vida está en otra parte
y saltaron a las vías, a la noche, al recuerdo, a la mala de dios.
Habrán dejado atrás el aguardiente solitario de sus aldeas
ese mirar el horizonte en mares agonizantes,
el cuchillo afilado presto a sosegar furias ajenas.
Atrás también a esa joven de piernas infinitas
al sopor sórdido de esa cantina lúgubre del pueblo;
la madre y su dios que no escucha porque está muy lejos,
y tal vez, por eso también, esos hombres también se van,
porque son dioses…
Suelo pensar en los compas que viajan en los techos de los trenes,
a cielos inciertos, a infiernos seguros.
(foto:Flakko: http://ecodelblues.blogspot.com)

1 comentarios:
Hola... leer con calma lo que tan emocionado leiste el día de hoy en mi mineral, es disfrutar el doble de la mágia de las palabras.
Un saludo muy tierno y me llevo conmigo a tu mamachula eterna en el pensamiento.
Ibone
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