Volteretas en el barrio
Víctor Hugo Barrera
Al contado, de Omar Gámez Navo.
Huelga decir que en Sonora existen narradores. Y algunos poseen, muestran, una escritura intensa, motivante para el lector. Pero ninguno tan descacharrante como el Navo. Ninguno tan acertado a la hora de mostrar la suciedad bajo la alfombra, de evidenciar a personajes tan impresentables y denterosos pero cercanos, ya conocidos.
Los de Al contado, son, dice Josefa Isabel Rojas Molina, “crónicas en las que habitan cuentos o cuentos invadidos por crónicas”.Las mejores decisiones las he tomado bajo los efectos de la resaca, confiesa uno de los personajes de Al contado. A mí me caen bien las mujeres que se embriagan, apunta otro. Con esas perlas como ejemplo ya sabe uno por donde va el libraco.
A la depauperada escena literaria, la sonorense, llega este autor con personajes límite, personajes frontera, figuras luminosamente opacas, válgame la expresión. Y digo escena literaria, la sonorense, que vive en el papel, en los libros, y pienso en la Ciudad nocturna de Luis Enrique García o en las historias contadas verso a verso por Mario Licón Cabrera, nuestro poeta en Australia, o en los textos de Carlos Sánchez, agudo cronista y accionista mayoritario de La Cábula, la editorial que cobijó estas páginas escritas no con sangre sino con levadura y cenizas, restos de aquel incendio provocado con foco, foco a foquito, que diría el Paco Luna, otro cronista y poeta del barrio, de la ciudad, del universo.
Las bestias que están enjauladas en este pasquín pasan del box al galanteo del personal femenino, de la botella al crack, de la mota a la coca, pero el autor no presenta un escenario lacrimoso ni lastimero, no, siempre hay espacio para la fiesta y el buen humor, que alcanza sus mayores cotas en las aventuras del Perico Gámez, ese inocente y frustrado boxeador al que le ponen una chinga en el relato del mismo nombre (El Perico Gámez). Hay que celebrar que el Navo rescate para la literatura a un personaje navojoense como don Chava, ubicuo e inolvidable mecenas del deporte de las cuerdas y los ganchos y upper cuts. El Perico Gámez es el Kalimán del mayo pero alimentado con tortalisas y rielitos con chamoy, con don Chava como Solín pero con 700 años más encima.
El Navo llega y coloca en el perchero de literatura del desierto sus deposiciones, que no intentan catequizar, sino rescatar del olvido a tanto gañán que pulula entre Navobaxia y Hellmosillo, con una paseadita por Chiapas. El Navo cazador de silencios, como sus inventos en el papel, retrata y retrata bien esa otra cara del sonorense que no es echado palante (expresión chaparramente pendeja, por cierto, y, gracias a asuntos sexenales, ya pasada de moda) porque tiene huevos en Bachoco, sino porque tiene. Punto.Los personajes de Al contado no son gallardos ni guapos, son unos zafios que orinan mariposas y penetran en los baños de mujeres en las cantinas y se fajan la camisa –si es que tienen- por dentro de los calzoncillos –si es que usan. Son duros y locos, siempre locos, y se ríen solos como si padecieran un frío polar, aunque los azote un pinche sol de 45 grados. A la sombra. Y entonces se van por las caguamas y empiezan a contar historias, a armarlas y protagonizarlas, siempre a la busca de la vida, como los protagonistas de Larga vida al punk rock, hilarante viaje por las canciones de un seminal disco de Los Suciedad Discriminada (LSD, por sus siglas en inglés), relato en el que el personaje principal se encuentra tan aburrido que incluso Adal Ramones lo hace reir y Lorena Herrera le parece bien buena. O al revés, no recuerdo.
Los relatos o crónicas del Navo hacen click y bang bang, como en Diferente noche, misma tristeza, historia a ritmo de polka surf hedonista con venganza y canción de Lou Reed incluida. Estas páginas son para dar volteretas (mentales) en el barrio. Imaginen al autor alrededor de una fogata, con sus compas, a ver quien suelta la historia más truculenta y por lo tanto la más real. De seguro este libraco puede servir para que lo disfruten señoras de buen pelo y mejor cabuz. Al menos para que amenacen al incordiante escuincle con un “duérmete o te leo un cuento del Navo”.
El Personal-Dale de comer al conejito (escuche mientras lee).
Los relatos o crónicas del Navo hacen click y bang bang, como en Diferente noche, misma tristeza, historia a ritmo de polka surf hedonista con venganza y canción de Lou Reed incluida. Estas páginas son para dar volteretas (mentales) en el barrio. Imaginen al autor alrededor de una fogata, con sus compas, a ver quien suelta la historia más truculenta y por lo tanto la más real. De seguro este libraco puede servir para que lo disfruten señoras de buen pelo y mejor cabuz. Al menos para que amenacen al incordiante escuincle con un “duérmete o te leo un cuento del Navo”.
El Personal-Dale de comer al conejito (escuche mientras lee).
Este texto se leyó en la presentación del libro en Tijuana
Tomado de
